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RAMANA MAHARSHI

        Ramana Maharshi (1879 . 1950 )ha sido considerado uno de los sabios más importantes del siglo XX. Su pensamiento suele inscribirse dentro de la corriente Vedanta Advaita (no dualidad). Su poderoso silencio y su enseñanza de la autoindagación como técnica de profundización en el conocimiento de uno mismo supusieron el reconocimiento unánime de la grandeza de su legado. Durante la mayor parte de su vida, vivió en la colina sagrada de Arunáchala en Tiruvannámalai (Tamil Nadu, India), donde lo visitaron miles de personas —tanto de Oriente como de Occidente— que dejaron testimonio de la profunda paz y sabiduría que constantemente emanaban de su sencilla presencia.

      Ramana Maharshi nació en una pequeña aldea cercana a Madurai , al sur de India . Su padre murió cuando tenía doce años, y su familia lo envió a vivir con su tío, en Madurai. Allí, estudió en el instituto American Mission. A los dieciséis años, escuchó por primera vez el nombre de « Arunáchala »: aunque desconocía el significado de esa palabra, no podía dejar de pensar en ella. Por aquel entonces, consiguió una copia del Periyapuranam de Sekkilar , un libro que describe la vida de los santos shaivitas —la única obra religiosa que Ramana confesaba haber leído hasta ese momento—, que despertó en él cierta curiosidad por el fenómeno religioso.

      Con diecisiete años, Ramana Maharshi tuvo el presentimiento de que iba a morir. Se tumbó en el suelo, convencido de su muerte, contuvo la respiración y se dijo: «Mi cuerpo está muerto, pero yo aún vivo». En ese estado «supraconsciente», pudo experimentar que él no era el cuerpo, sino el Ser; en ese instante, alcanzó un conocimiento espontáneo del Ser.

      Poco después, abandonó su hogar y se trasladó a Tiruvannámalai, al templo de Arunachaleshvara. Allí, permaneció absorto en samadhi durante varios meses, sin comer. Ramana Maharshi se sentía irresistiblemente conectado con la montaña sagrada de Arunáchala que, según sus palabras, era el centro espiritual del mundo. Poco a poco, cautivados por la silenciosa presencia de Bhagaván, llegaron visitantes que, después, se convertirían en discípulos.

      En 1912, puso fin a sus períodos de samadhi y comenzó a llevar una vida completamente normal. Por aquel entonces, Ramana ya contaba con numerosos devotos hindúes de diverso origen y condición; entre los devotos occidentales, destacarían el mayor Chadwick, Paul Brunton, S. S. Cohen o Arthur Osborne.

      En 1938, recibió la visita de Rajendra Prasad, presidente de India, quien confesó que había ido a recibir el darshan de Bhagaván aconsejado por Gandhi, que le había dicho: «Si quieres tener paz, ve al Sri Ramanáshraman y permanece unos días en presencia de Ramana Maharshi. No hace falta que hables ni que le hagas preguntas». Nueve años después, ya se temía por su salud y, en 1949, se le detectó un tumor canceroso en el brazo izquierdo. Ramana se sometió a varios tratamientos aunque sin una mejoría clara. El 14 de abril de 1950, Bhagaván abandonó su cuerpo físico y se fundió en la luz del Absoluto.

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      «Bhagaván tenía un mensaje especial que transmitir a Occidente, donde tiene muchos seguidores. Sus argumentos puramente racionalistas y la falta de sentimiento en sus enseñanzas han atraído a mucha gente. Nunca predicaba nada ni daba órdenes, sino que se centraba en reconducir al buscador hacia sí mismo y en indicarle que todo dependía exclusivamente de él, que el guru tan sólo podía ofrecerle indicaciones y servirle de guía, ya que nadie puede otorgar la iluminación a otro».

      «Bhagaván era una persona maravillosa que emanaba una luz o aura resplandeciente claramente visible. Tenía las manos más delicadas que jamás he visto, unas manos con las que se expresaba, con las que casi se podría decir que hablaba. De facciones armoniosas, era famoso por la belleza de su mirada. Su frente era amplia, y nunca había visto una coronilla tan pronunciada, lo cual no es de extrañar dado que, en la India , esta parte es conocida como la bóveda de la sabiduría».

 

    »Con un cuerpo bien formado, era de estatura media, aunque daba la sensación de ser alto dado lo imponente de su personalidad. Tenía un gran sentido del humor y, cuando hablaba, casi siempre se le dibujaba una sonrisa. Tenía un buen repertorio de chistes y era un actor magnífico que siempre dramatizaba a los protagonistas de las historias que contaba. Cuando el relato era de gran patetismo, le embargaba la emoción y no podía acabar. Cuando la gente venía a contarle sus historias familiares, se reía con las alegres y, en ocasiones, lloraba con los afligidos. De esta forma parecía corresponder a las emociones de los demás.

    »Jamás levantaba la voz. Si en alguna ocasión parecía enfadarse, no quedaba rastro alguno de ese sentimiento en la superficie de su paz, de tal forma que, si hablabas con él inmediatamente después, te respondía con calma y sin estar afectado en absoluto —a diferencia del resto de personas, que suelen permanecer bajo el efecto del enfado durante algún tiempo, aunque ya haya desaparecido lo que lo provocó—. Internamente, todos necesitamos algún tiempo para recuperar nuestra compostura pero, en su caso, no había reacción alguna.

    »Jamás tocaba el dinero, no porque lo odiara, pues sabía que era preciso para las necesidades de la vida cotidiana, pero jamás lo había necesitado y no le interesaba. Al áshram llegaban dinero y regalos, el equipo de gestión los necesitaba para mantener el áshram , pero no tenían necesidad de preocuparse por ello ni de pedirle a la gente donativos: Dios proveería.

    »La gente dice que no hablaba, pero eso no es cierto, como tampoco lo son muchas de las tontas leyendas que se han forjado en torno a él. Lo que no hacía era hablar sin necesidad y ese aparente silencio suyo servía para mostrarnos hasta qué punto desperdiciamos el tiempo en conversaciones sin sentido. Prefería todo lo que fuera sencillo y le gustaba sentarse en el suelo, pero le obligaron a sentarse en un sofá y eso se convirtió en su hogar prácticamente las veinticuatro horas del día. Si podía, no permitía que se le rindiera ningún tipo de trato preferente y, sobre todo en el comedor, se mantenía inflexible a este respecto, hasta tal punto que si le daban algún medicamento o tónico especial, quería compartirlo con todo el mundo. “Si es bueno para mí, entonces debe ser bueno también para los demás”, argumentaba, y pedía que se repartiese entre todos los que estaban en el comedor.

 

    »Cada día, salía varias veces a pasear por el monte Arunáchala. De poder decir que estaba apegado a algo terrenal, sin duda alguna ese algo sería ese monte. Lo amaba profundamente y decía que era Dios en persona. Decía que constituía el eje espiritual de la Tierra …».

Sadhu Arunáchala

en Mis recuerdos de Ramana Maharshi

 


       
       
       

 

 

 

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